El mundo bajo la lluvia, ¿es acaso el mismo?

Foto: Beatriz Verde Limón

Foto: Beatriz Verde Limón

Puedes quedarte bajo la lluvia durante más de una hora. Sentado en un banco. Esperar la guagua mientras las intermitentes gotas te ruedan por los cristales de los espejuelos. Puede que no pase nada. Ni la guagua. Ni nada. Puedes incluso cerrar los ojos y dormitar algunos minutos. Pero el mundo bajo la lluvia será el mismo. O no.

Quizás te levantaste tarde. Y llegaste tarde a todos los lugares. Y el trabajo en la calle, como últimamente, te lo ha echado a perder la lluvia. Quizá tanto calor. Tanto cansancio. Y quizá es de noche y esperas la guagua. Treinta minutos. Una hora. Y nada.

Puede entonces que hayas decidido esperar. En el trabajo pensaste irte temprano a casa; está lloviendo poco y te puede dar tiempo a llegar y descansar un rato, claro, como ahora te gusta regresar a casa. Y aunque algo se vislumbraba interesante a esa hora, y por suerte no había trabajo pendiente, apagaste la máquina y saliste, sin mucho ánimo –ni sabes por qué– al elevador de siempre, y luego a enseñar el bolso, y más tarde a caminar por el costado del “yate”, y ya luego –con las sandalias definitivamente mojadas– a Ayestarán, y al final, a la parada, al banco, a la lluvia, a la espera. Sigue leyendo

Cosas de luz, brisas y Madonna desnuda

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Sobre la mesa hay montón de migajas de pan y por las ventanas abiertas entra una brisa tranquila. El silencio, cada vez, se va haciendo más común. Todo está quieto. No hay música. La TV permanece apagada. El teléfono sigue sin cobertura. La paz es casi total.

Entonces un par de ideas juegan en mi nuca. Una me tensa. La otra me acaricia.

Y pienso en esa mujer. La doblo y desdoblo como una camisa recién lavada. Me la pruebo. La ajusto a mis muñecas. La veo de lado, de frente, de espaldas. Ya casi ni la recuerdo. Y la idea se arremolina en la sala de mi nueva casa, con la brisa, y sale a buscar cobertura ya siempre más lejos. Sigue leyendo

Un vestido y una guitarra eléctrica

Alejandro Ulloa García:

Desde que llegué a TR, una de las tantas cosas buenas que me han pasado acá -la mejor redacción de la prensa cubana… jejeje-, ha sido la música. La colección de música de Rafa, para ser más exactos. Aunque no coincidamos en muchos gustos, también aclaro.

Pero resulta que ayer, “en una conjunción casi imposible, por lo improbable” yo también encendí el televisor y me deleité con esa rubia de guitarra en ristre. Hice el intento de seguir haciendo zapping, pero qué va, la música me dejó estancado por más de 10 minutos (los últimos del programa).

Nunca pude saber quién era la que cantaba, solo que la disfruté. Y entonces aparece Rafa, acostumbrado ya a “sugerirme” o a esperar que yo pregunte quién suena para copiarme música, y suelta este texto, y asegura próxima copia… Y yo que también estaba viendo.

Originalmente publicado en El microwave:

Ana Popovic Big Bull LR WM-3978-2

Ayer, en una conjunción casi imposible, por lo improbable, encendí el televisor y me encontré con A Capella, el programa que para más de una generación de cubanos significó uno de los pocos acercamientos al universo del rock. Resulta que A Capella ha visto pasar sus días de gloria, no porque haya disminuido la calidad de su propuesta o sea menos importante en la formación cultural de las personas, sino porque la simpar inteligencia de los programadores de la televisión cubana lo han sepultado progresivamente en diversos horarios antiestelares para encontrarse hoy relegado a los jueves sobre las 7 de la noche… en el Canal Educativo 2.

Pero bueno, a lo que iba. Resulta que me encuentro en A Capella a una rubia casi temba, de cabellos revueltos, una flaca de nariz alargada y dedos poderosos, que, con vestido y guitarra eléctrica en mano, respondía al nombre de Ana…

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Escucha la voz y corre

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Escucha la voz y corre. Un paso detrás del otro. A grandes saltos. Busca la ventana. La lengua de lluvia que baja de un tejado como velo. Corta el sudor de tus sienes. No mires a los lados. Alguien pondrá la roja y todos se detendrán, menos tú. Tú corre, vuela, no escampes, no te atrevas a escampar, si algo no debes hacer es escampar. Llueve. Llueve. No olvides llover sobre todo. Sobre tus manos, sobre tus muslos, sobre tu espalda –sí, sobre tu espalda, llueve mucho allí, deja que el agua se deslice, que bañe, que entibie, que sane, que desbroce, que cambie; llueve sobre tu espalda, siempre más sobre tu espalda: allí tienes tu mayor cicatriz–.

Clava sobre la acera una bandera, clava dos, tres, clava cuatro, ízalas por sobre tu cabeza Sigue leyendo

Dios al piano, y no da tregua

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No es bálsamo, qué va, jamás bálsamo. Es una savia caliente y nerviosa que fluye desde adentro. Comienza en el vientre y sube, siempre sube, por el estómago, el pecho, la garganta -que se anuda-, y llega al lagrimal, y provoca una sonrisa, o la sonrisa sale como quien suelta lastre. Y quema, Dios sabe que quema. Entonces la voz se disipa. Termina de sonar un nombre, quizás una nota de guitarra más y se muestra el silencio. Y sigo mi paso.

Hay voces que no son bálsamo, ni infierno. Solo arden. Y Dios sigue ahí, al piano, con un cigarro entre los dedos, y no da tregua.

¿Qué cambia en la resolución del Ministerio de Justicia?

Portada de la última y polémica Gaceta Oficial

Portada de la última y polémica Gaceta Oficial

Gran revuelo han levantado en los últimos días un Acuerdo del Consejo de Ministros y la Resolución No. 71 del Ministerio de Justicia, que actualizan los precios en CUC de gran cantidad de “Contratos de Servicios Jurídicos”.

Y aunque el protagónico de esta historia lo ha tenido el asunto de la “Entrada al país” –de los servicios para trámites migratorios– con una tarifa de 200 CUC, una breve lectura de la Resolución 232 del Ministro de Justicia de 11 de noviembre de 1999 hace ver pocos cambios, e incluso algunas rebajas, con respecto a la anterior resolución.

Pero no se trata de rebajas tampoco Sigue leyendo

Frijoles y carne a punto

hombre se va caminando

Camino rápido por estos días. A veces me detengo, palpo la rodilla, reviso que no se esté inflamando de nuevo, y sigo la marcha. Cuando voy o regreso del trabajo, hay unos 50 metros donde debo caminar por la calle o por el césped, pero hace un tiempo no escojo ni césped ni calle, camino por el contén, como malabarista, pero tan natural que ya hasta me lo creo.

Camino rápido, lento, a veces entretenido, otras revisando constantemente el móvil, por si hay algún mensaje que no vi, un timbre que dejé de escuchar –y acierto de vez en cuando–; camino sin mirar los semáforos, como si alguien más poderoso se encargara de poner la roja cuando cruzo las calles; camino con la brisa en los ojos, con el bolso en ristre –como si ahí tuviera las únicas pertenencias que necesito para vivir, y en parte las tengo–; camino requisando las esquinas de cuanta parcela de La Habana pongo bajo mis sandalias –sí, me compré unas sandalias– y les pongo recuerdos, o les asigno guiños en forma de mujer y yo volteando cuando nos cruzamos; camino con cierto sentido de soledad y alegría cantada –puedo hasta tamborilear en mi muslo un “heaven, I´m in heaven” mientras silbo–; camino como si no existieran guaguas o almendrones. Sigue leyendo