Espátulas, tijeras

de escampar, a veces también se trata de escampar

de escampar, a veces también se trata de escampar

Sobre la prisa pones cada día un castillo de arenas blancas. Lo moldeas con minuciosa intranquilidad, pasas horas en vilo labrando uno a uno cada mínimo detalle. Sale el sol y de tus bolsillos arrancas espátula en mano y modelas y esculpes tramo a tramo las pequeñas ventanas, los fosos y murallas, las cúpulas e inmensos portones; y de un malabar de tijeras sacas milimétricos sobrantes, ínfimos granos o conchas que arrugan las paredes.

Entonces llega la tarde. Y llueve. Y desliza sobre tus pies hasta el último cristal de arena que una vez fue vitral sobre la capilla. Y respiras complacido. Y duermes hasta el otro día. Sin el sobresalto de un lejano castillo, un imperfecto castillo que la lluvia no es capaz de limpiar. Sigue leyendo

Alas

Pero tú querías dibujar un planeta sobre el punto de una aguja

Pero tú querías dibujar un planeta sobre el punto de una aguja

Sobre el punto de una aguja has decidido a dibujar todo un planeta. Pero primero debe haber color; y en el color, hilo; y sobre el hilo, unas tijeras; y luego un nudo –para que selle, para que frene, y contenga, y sea firme–; y al final, la aguja ensartada, y la puntada sobre la carne –¿o es acaso aquella cicatriz que redibujas?, ¿como un planeta? –, y entonces la sangre que tiñe el hilo que atraviesa el poro que sangra y vuelve el hilo sobre el poro y la sangre.

Pero tú querías dibujar un planeta sobre el punto de una aguja, te digo sin comprender nada. Entonces te detienes, buscas tus lentes, te acercas a mi oído y susurras un par de notas, algunos versos y sigues cosiendo, bordando, libando sobre tu piel con aguja e hilo.

Yo te miro desde este otro lado, incesantemente. Ya hace más de una hora que coses y coses sin parar unas raras figuras a tu piel. Hubo un momento que pensé que estallarías en un grito, pero no, incluso creí que el dolor te aflojaría un par de lágrimas, pero tampoco, por fin aposté a que tanta sangre te haría descansar, si no por dolor, al menos por limpiarte y corregir las siguientes puntadas. Pero nada de eso pasó nunca. Seguiste bordando, como obsesionado: una y otra vez la aguja entrando y saliendo de la sangre, y el tejido creciendo.

Reconozco que por unos minutos me dormí. Tú avanzabas cada vez más, puntada a puntada. Entonces dejé caer un párpado primero, luego el otro, y quedé rendido. Sigue leyendo

Fiebre

Y la casa se abre en un guiño. Pero es a muerte.

Y la casa se abre en un guiño. Pero es a muerte.

Debe ser la fiebre. Esta maldita fiebre que vuelve cuando menos la necesitas, que te rompe la garganta, que te la amarra, que te la quiebra como un clavo en la madera –y antes de la madera la carne, la mano, el grito–.

Yo no entiendo de versos. Solo sé leer en trazos sobre la piel. Y no importan la sangre, el tatuaje fresco y doloroso, los ríos que corran –si hacia abajo, si hacia arriba–; no importa cuántas zanjas que deba cavar para encontrar las palabras sobre el sudor, la tierra fértil, el humus sobre la vida dormida; no importa que se me rajen en la voz los augurios, o que sobre la noche un pájaro me traiga la muerte vestida de bodas. Y menos importan la calma, el olvido, la los pies ligeros, la música leve –¿quién mintió que existe música que no sea guerra?–. Sigue leyendo

Parece un aguacero…

"y unos ojos fijísimos en las cuerdas de la guitarra"

“y unos ojos fijísimos en las cuerdas de la guitarra”

Primero es la sonrisa que canta. Las viste demasiadas veces, hace tiempo. Unas desnuda, otras saltando en medio de una calle, otras tantas rajando la noche. Y sabes que no hay mundo alrededor cuando ella rompe la voz. Todo es interno. Todo explota hacia dentro. Es sonrisa. Es canto. Pero el relámpago arde en su vientre. Aunque ya no recuerdes su vientre…

Luego es la trenza hilada y deshilada; y unos ojos fijísimos en las cuerdas de la guitarra. Y la voz que le sale clara, olvidada, fiera, lanza.

Y al final es el resuello en tu nuca, la pólvora en los bolsillos, las piernas como columnas guiando al olvido. La huida a tiempo. Al final, siempre despierta. Sigue leyendo

No hay descanso

Los soles pasan sobre el borde...

Los soles pasan sobre el borde…

Una y otra vez regresa sobre el borde del abismo y lo mira en su desnuda profundidad. Lo acaricia. Lo absorbe con sus uñas. Se lo planta en la garganta. Lo amordaza. Lo engulle. Lo mastica. Lo vomita. Esboza un paso hacia el fondo. Golpea el aire con sus pestañas truncas. Y regresa, otra vez, a sentarse sobre su tristeza.

Hace horas intenta el salto. No descansa. No lo intenta. No se retira. Padece. Repta. Vacila. Gira. Bebe. Tropieza. Contorsiona. Desobedece. Bebe. Arremete. Se desliza. Convulsiona. Languidece. No hay caminos. Bebe. Se apoltrona. Aborta. Gesticula. Corre. Frena. Tira. Ora. Bebe. Bebe. Bebe. Adormece. Despierta. Anochece. Enfría. Titilan. Angina. Furia. Miente. Adolece. Intenta. Intenta. Uñas. Garganta. Mordaza. Un paso. El fondo. Regresa. Amanece. Miente. Bebe. Bebe. Bebe. Un gallo. Canta. Se traiciona. Sigue leyendo

El mundo bajo la lluvia

Foto: Beatriz Verde Limón

Foto: Beatriz Verde Limón

Puedes quedarte bajo la lluvia durante más de una hora. Sentado en un banco. Esperar la guagua mientras las intermitentes gotas te ruedan por los cristales de los espejuelos. Puede que no pase nada. Ni la guagua. Ni nada. Puedes incluso cerrar los ojos y dormitar algunos minutos. Pero el mundo bajo la lluvia será el mismo. O no.

Quizás te levantaste tarde. Y llegaste tarde a todos los lugares. Y el trabajo en la calle, como últimamente, te lo ha echado a perder la lluvia. Quizá tanto calor. Tanto cansancio. Y quizá es de noche y esperas la guagua. Treinta minutos. Una hora. Y nada.

Puede entonces que hayas decidido esperar. En el trabajo pensaste ir temprano a casa; estaba lloviendo poco y daba tiempo a llegar y descansar un rato (claro, como ahora te gusta regresar a casa). Y aunque algo se vislumbraba interesante a esa hora, y por suerte no había trabajo pendiente, apagaste la máquina y saliste, sin mucho ánimo –ni sabes por qué– al elevador de siempre, y luego a enseñar el bolso, y más tarde a caminar por el costado del “yate”, y ya luego –con las sandalias definitivamente mojadas– a Ayestarán, y al final, a la parada, al banco, a la lluvia, a la espera. Sigue leyendo

Cosas de luz, brisas y Madonna desnuda

...

Sobre la mesa hay montón de migajas de pan y por las ventanas abiertas entra una brisa tranquila. El silencio, cada vez, se va haciendo más común. Todo está quieto. No hay música. La TV permanece apagada. El teléfono sigue sin cobertura. La paz es casi total.

Entonces un par de ideas juegan en mi nuca. Una me tensa. La otra me acaricia.

Y pienso en esa mujer. La doblo y desdoblo como una camisa recién lavada. Me la pruebo. La ajusto a mis muñecas. La veo de lado, de frente, de espaldas. Ya casi ni la recuerdo. Y la idea se arremolina en la sala de mi nueva casa, con la brisa, y sale a buscar cobertura ya siempre más lejos. Sigue leyendo