Mis amigos se van de Cuba

"años después, uno a uno los miembros ya van cediendo. Las piernas, los brazos. También los ojos. La voz. Sobre todo la voz"

“años después, uno a uno los miembros ya van cediendo. Las piernas, los brazos. También los ojos. La voz. Sobre todo la voz” (Foto: Alejandro Ulloa)

Poco a poco la asfixia hace su trabajo. Primero es imperceptible. Pero de eso se trata. De ir lento. Sin prisas. El primer síntoma apareció hace mucho tiempo con un poco de decepción, de desánimo, nada grave, apenas un pensamiento efímero y al parpadear de nuevo, ni rastro.

Pero años después, uno a uno los miembros ya van cediendo. Las piernas, los brazos. También los ojos. La voz. Sobre todo la voz. Y el cuerpo se fatiga más fácil. Desobedece más fácil. Se enquista y no cede.

Luego es el cansancio que comienza una danza lenta, casi fatídica. Y un segundo después ya el camino está recorrido, y no hay retorno, y no hay más intentos posibles, ni santos griales ni cruzadas que ya no se hayan perdido, ni bolsillos repletos de adolescentes esperanzas que aun luzcan sanos. Es el cansancio el síntoma de lo irreversible, porque lo que sigue luego es simple, es dejar fluir, y solo un avión, una lancha, lo que sea, se revela como única ruta.

He visto a mis amigos, uno a uno, padecer esto. Los he visto cuando apenas notan que el cansancio les quema los pasos. Y luego cuando se percatan de caminar ya en una habitación de paredes móviles –siempre más estrechas–. Ý después, cuando sus ojos ya no encuentran aquí color posible para sus vidas. Y al final, cuando se quiebran, y no hay más chance que escapar, que huir de tanta desazón, de tanta grisura, de tanto horizonte truncado. En esos momentos, sus ojos ya andan ciegos, ya están del otro lado del mar, y mi abrazo es el único talismán que puedo darles para el viaje. Sigue leyendo

Abuelita no tiene la culpa

Granma tell me stories

A mí me encantan las historias de la abuela

Abuelita Gertrudis me cuenta un cuento todos los días. Se sienta en su sillón de cedro labrado, y mientras teje sobre finísimos manteles motivos de cuentos de hadas, me habla emocionada y extensamente de sus lances juveniles, de sus picardías, de sus muchos logros y pocos fracasos.

A veces pienso que ha olvidado vivir el presente, pero de pronto me hace notar que no, que me equivoco, pero que a ella prefiere lo que fue. Por eso cuando habla de cosas de hoy, las mezcla con su imaginación, o las enmascara con palabras o metáforas rebuscadas. Y aunque abuelita nunca miente, generalmente solo me cuenta la parte que más le gusta de las cosas. Sigue leyendo

Una crónica necesaria por la Libertad de los Cinco

free the cuban five

La cercanía de la verdad hace demasiado vívida esta injusticia

El P1 rodaba infernal. Desde el municipio Playa y hasta el mismísimo Cerro es mucho lo que debe soportarse, a las cuatro de la tarde, cuando se aborda semejante metrobús.

Compartía yo los últimos días cubanos de uno de esos hermanos que llegan con la convivencia universitaria y de pronto están a miles de kilómetros sin saber cómo pasó. Algunos minutos más tarde, aquel día, anunciarían por Telesur la muerte de Chávez y la tristeza embargaría los ánimos de toda Cuba. Pero antes, mucho antes de que mi hermano despegara de esta isla en busca de su felicidad; un poco menos de que Chávez colmara de lágrimas a la Patria Grande; antes de todo eso, Ayli Labañino compartía con nosotros el bullicio y la apretazón del P1 a unos metros de donde viajábamos. Sigue leyendo

¿Cosas de papá?

Ellos son los príncipes enanos de nuestros mundos

¿Qué será de los hombres sin estos principitos?

Se desliza entre mis dedos como una idea fugaz. A veces logra asustarme; otras, me revuelve una sonrisa leve y trasnochada; otras más, me enturbia los ojos mientras intento descifrar un incierto futuro. Pero siempre, siempre, siempre, me exige el suspiro inmenso del amor añorado, peligroso, tibio, paternal.

Apareció una tarde, de pronto –como suelen las cosas en mi vida–, mientras me ensañaba a golpe de pedal contra el tiempo y el hastío. Había sorteado ya dos carros parqueados en ambas aceras y, como si hubieran quedado varadas en el tiempo, adelanté sin mucho esfuerzo las dos bicicletas que nos separaban. Fue entonces que ocurrió. Sigue leyendo

Chao-chao, bye-bye 2012

Hasta el año que viene, mis Esquinas descansan

Hasta el año que viene, el último texto de 2012

Tanto me molesta resumir que acabé escribiendo este post y hasta le cogí el gusto. Y no es que niegue la esencia de ser periodista: eso de reducir un gran cúmulo de información a solo un mínimo trascendental; pero los resúmenes me parecen despedidas; por eso es que no me gustan. No obstante, aquí voy.

Necesariamente, o al fin, o ambas cosas, se acaba el 2012. No explotó el mundo, la Virgen de la Caridad recorrió Cuba completa, me salió un poquito más de barba, la moringa ya la mezclan hasta con guarapo –¿o era con malta? –, Estados Unidos se ha dado banquete en el Medio Oriente, los cubanos podrán viajar con menos restricciones, los que se fueron y no podían volver ya pueden, la nave científica Curiosity de la NASA aterrizó en Marte, Colombia entró en diálogo de paz, se murió la perrita de mi casa con 12 años cumpliditos, Sigue leyendo

Hortensia

Solo las flores saben bailar la danza de los amores

Cuando una flor te ampara el nombre no queda más que ser flor

Hace diez años, exactamente diez años. La madrugada estaba tan fría como de costumbre y la mala noticia volaba a mi encuentro en las manos de mi padre. Mi IPVCE estaba casi en huelga: si no nos daban pase habría fuga colectiva, por lo que los directivos decidieron aplacar la cosa con música hasta más tarde. Yo me dormí tranquilo esa noche, y hoy ya hace diez años.

No sé, o al menos ahora no recuerdo, qué soñaba en ese instante cuando una mano me susurró: “Ale, despiértate”. La voz de mi padre, dulcísona e inconfundible, me vaticinaba de pronto la inminente noticia. Al voltearme para verlo entre la oscuridad, no me quedó ninguna duda. Sigue leyendo

Cuando los sueños llegan (o Sueños de emigrante IV)

Una puerta abierta siempre  agita el corazón

Las puertas siempre me han asustado…

Anoche comía con mi familia y lo vi posarse, de pronto, en mis palabras. La pregunta de mi hermano, demasiado acertada para mi gusto y costumbre con él, demolió cualquier vestigio de muro que pudiera esconder aun la certeza de mi realidad: “¿y ese suspiro, cuál es la nostalgia?”

Dicen que cuando un sueño se acerca a ser real no queda más remedio que comenzar a soñar otra vez. Dicen, además, que es aconsejable sentar a ambos frente a frente y ponerlos a dialogar –palabra difícil últimamente–. Dicen, también, que de no hacerlo puede abrirse un abismo de letargos y sopores muy difícil de sortear.

Ayer debí responder, con increíble melancolía: “ya estoy cerca, pipo, ya estoy cerca”. Sigue leyendo